Memorias de Copa 6: las servilletas tácticas de Guadalajara y Aymoré – Prisma

Cada vez que una brigada de periodistas viaja, ya sea a Cafundós do Judas oa Guadalajara, México, para un Mundial, otro equipo, desde la logística, produce las condiciones ideales y básicas de transporte y alojamiento. . Hoy reconozco, como atenuantes, las evidentes dificultades que tuvo que afrontar la retaguardia de la Editora Abril en 1970. No quedó más remedio que confiar en la eficiencia de una agencia de viajes. Y la empresa socia de Abril nos puso en el probablemente fantástico Hotel Morales en la década de 1920.


Se veía hermoso por fuera, y también contaba con un comedor razonablemente elegante en la planta baja. En todo caso, su único ascensor tardó dos horas en cruzar los otros tres pisos, el “bocadillo de jamón” tardó dos días en ser entregado por la señora solitaria que atendía cien pisos, uno de los cuales armé con José María de Aquino , de “Placar”, y con el jovial Aymoré Moreira (1912-1998), técnico del equipo en la Copa de Chile/62 bis, y luego contratado como comentarista especial de la revista. Se convirtió en un tutor, una guía, un verdadero amigo.


¿La comida? Deprimente. Como en Guanajuato, la sopa, el sancocho, el asado, el pollo, etc. pronto resultaron desagradables y nos obligamos a repetir los tiempos del Castillo de Santa Cecília y el desayuno con “queso e meio melon”, almuerzo a base de ” Queso e melone medio”, cena “queso e melone medio”, hasta que San Aymoré, que ya había estado en la ciudad, recordó una cantina ubicada prácticamente al lado de los hermosos Arcos de Guadalajara y a medio camino entre el árido Morales y la bucólica concentración de Brasil. en el verde y ultra refinado Clube Providencia, con su piscina y su césped oficial.


Como yo era el primer año de nuestra brigada, mis compañeros de Abril me obligaron a ser su chofer. Aymoré se había machacado unos dedos en un molino en su hacienda de Taubaté y todas las noches lo llevaba al campo de concentración para someterse a largas sesiones de fisioterapia con el masajista Mário Américo. Aproveché el descanso para disfrutar de las excelentes pizzas en la cantina. Hablé con mis compañeros de equipo sobre la calidad del asiento. Y también Zé Maria y el difunto Michel Laurence (1938-2014) se convertirían en clientes. Entonces, el 7 de junio, Aymoré comentó que esa sesión de fisioterapia sería más fácil y que planeaba cenar con nosotros. Mucho más que una cena. Recibiríamos una clase magistral.


La tarde anterior, en Puebla, Aymoré había seguido la paridad entre Italia y Uruguay, 0 X 0, dos posibles rivales de Brasil después de la Copa. Porque entre pedazos de chorizo ​​y pedazos de pizza garabateaba, en las servilletas de la cantina, los esquemas tácticos de los enemigos en distintas situaciones. Cómo se comportaron en defensa y ataque. Uno de los garabatos de “Galleta”, que era el apodo de Aymoré, sería después fundamental en la decisión de aquella Copa. Aymoré nos mostró cómo Giacinto Facchetti, el equipo Azzurra, perseguía al rival que marcaba. También informa que acaba de mostrar los dibujos originales a Zagallo ya la Comisión Técnica de Selección. Un adelanto del cuarto gol de Brasil contra Italia el 21 de junio en el suntuoso Estadio Azteca de la capital.


Siempre hemos visto los partidos juntos, los cuatro, en la sala de prensa del majestuoso Jalisco. Parece que fue ayer que, en el partido inaugural, ante Checoslovaquia, Pelé disparó aquel remate a puerta del arquero Viktor, antes de la línea divisoria del césped. Hubo tiempo para que Zé, Michel y yo miráramos a Aymoré, perplejos ante lo que parecía ser la locura del “Rey”, pero hubo tiempo para que nos advirtiera con un movimiento de su mano herida: el arquero retrocede, desesperado, mientras el balón, en un destello de crueldad, en lugar de entrar, solo tocó una de las esquinas de la viga. El primer golazo que no marcó Pelé en aquella Copa. Un segundo ocurriría ante Uruguay, el regate mágico, sin balón, del arquero Ladislao Mazurkievicz, en el mismo Jalisco, en la semifinal del 17 de junio. Esta pelea, sin embargo, será parte del próximo capítulo de esta colección que también me conmueve.


Volver a Aymoré, definitivamente un error. Además de nosotros, los periodistas y muchos fanáticos brasileños, también quedan innumerables británicos en Morales. El 11 de junio, el equipo de Su Majestad, que acababa de perder a Brasil por 0 X 1, debía superar al equipo de Checoslovaquia para al menos ocupar el segundo lugar del grupo. Ganó, sufriendo, por 1 X 0. Se llevó la ola del consuelo. En cuartos de final, sin embargo, habría tenido que desafiar, en León, a la peligrosísima Alemania, ya una Alemania bastante loca para vengarse del 2 X 4 de la Copa del 66. Efectivamente, para toda exultación.


Había, junto al lobby del hotel, un barcito, con un solo mesero, casi gemelo del comediante Cantinflas. El ingenioso mesero, capaz de llevar una pirámide de latas de cerveza en la bandeja, depositó un lote de ellas sobre una mesa donde seis ingleses, amistosos, juguetones y resignados a la superioridad real de aquella escuadra brasileña, provocaron una pequeña discusión al partido: quién bebería más Tecate. Aceptamos y ganamos la batalla, gracias a un sutil truco de Cantinflas.


El pueblo de México se había sentido irritado por la actitud pedante y súper hostil de la delegación inglesa, quien, preocupada por la salud de los alimentos y bebidas de sus invitados, había llenado sus maletas con cajas y cajas de quesos y ahumados, jaleas y de agua mineral. ¿Qué hizo el camarero? Menos fascinado por nuestras propinas que por su desprecio por los ingleses, trajo nuestras latas, digamos benditas. O, medio vacío. Nuestra pila de descartes creció dos o dos latas por cada tazón que probaron. En un par de horas estarían todas agotadas.


El único problema que teníamos Zé, Aymoré, Michel y yo: supersticioso, el viejo Biscoito, bueno, a los 58 años, no tan viejo, nos había dado instrucciones de usar, en cada nueva subasta en Brasil, la misma ropa que el triunfo contra Checoslovaquia. . Sin lavarlos. Zé incluso comprobó si llevaba ropa interior verde y un par de calcetines amarillentos. ¿Quién hubiera pensado que era capaz de una combinación tan blanda, mucho antes de la invención del queso? Cuando Brasil embarcó a Uruguay y me dieron a la tarea de empacar mi maleta para el viaje a la Ciudad de México, lo confieso, perdón por la torpeza, no pude resistir el hedor que emanaba la basura y la lavé en el baño de la tina del dormitorio. .


PD: Este texto representa el esbozo de otro capítulo de mi intento de escribir mi autobiografía; al menos, una selección de historias que he vivido y/o presenciado. En el siguiente, la historia de la camiseta con la que Clodoaldo dibujó la semifinal contra Uruguay y que hoy enriquece la colección de mi sobrino Dudu. Y, hasta agotar el tema del “Mundial”, publicaré, aquí en mi espacio R7, los textos de las demás disputas de 1970 a 2018 y la de 1994.



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Eulália Escoto

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